jueves, 29 de abril de 2010

Eleonora



"Sub conservatione specificae salva anima."

(El alma se salva porque conserva su individualidad.)
Ramón Llull.

E. A. Poe (1809-1849)

Pertenezco a una ilustre estirpe por su fuerza de imaginación y el ardor de la pasión. Los hombres me llaman loco, pero todavía no se ha aclarado si la locura es o no la inteligencia más alta, si mucho de lo glorioso, si todo lo profundo, no surgen de una enfermedad del pensamiento, de estados de ánimo exaltados a expensas del intelecto general. Los que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sólo duermen de noche. En sus confusas visiones logran vislumbrar algo de eternidad, y se sobrecogen durmiendo, al advertir que se han hallado al borde del gran secreto. A retazos aprenden parte de la sabiduría del bien, y más aún de la sabiduría del mal. Penetran, aunque sin timón ni brújula, en el vasto océano de la luz inefable. (agressi sunt mare tenebrarum quid in eo esset exploraturi)

Digamos que yo estoy loco. Reconozco, al menos, que se dan dos estados distintos de mi existencia mental: el de una razón lúcida, indiscutible, que atañe al recuerdo de los acontecimientos que forman la primera época de mi vida, y un estado de oscuridad y dudas que se refiere al presente y a la memoria de cuanto se relaciona con la segunda y gran etapa de ésta. Por lo tanto, pueden creer lo que yo cuente del primer periodo, y concederle sólo el crédito que parezca justo a lo que relate de estos tiempos.

Aquella a la que amé en mi juventud, y de quién escribo ahora, serena y claramente, estos recuerdos, era la única hija de la hermana de mi madre, que murió hace mucho tiempo. Siempre habíamos vivido juntos, bajo el sol tropical, en el Valle del Césped Multicolor. Sin ir acompañado de un guía, nadie entró jamás en aquel valle, ya que se extendía muy lejos, entre una cadena de montañas gigantescas que se inclinaban sobre él, ciñéndolo y cerrando a la luz sus más maravillosos rincones. No se había hollado sendero alguno en su vecindad, y para llegar hasta nuestro hogar era necesario ir apartando, con esfuerzo, el follaje de miles de árboles silvestres, y aplastar la hermosura de millones de fragantes flores. Así, mi prima, su madre, y yo, vivíamos completamente solos, sin conocer nada del mundo que no fuera el valle.

Desde las oscuras regiones situadas más allá de las montañas de nuestro cercado dominio, venía arrastrándose un río estrecho y profundo, más brillante que todas las cosas, excepto los ojos de Eleonora. Serpenteando y trazando laberintos, se perdía al fin por una sombría garganta. Le llamábamos el Río del Silencio, porque en su corriente parecía existir una influencia que todo lo silenciaba. Ningún murmullo se alzaba de su lecho, y tan calladamente seguía su curso, que los blancos guijarros que contemplábamos en su profundidad ni siquiera se movían, sino que reposaban con inmóvil deleite, cada uno en su acostumbrado lugar, brillando para siempre.

Las márgenes del río, y las de muchos riachuelos deslumbradores que avanzaban por desviados caminos hacia su cauce, así como los espacios que se extendían desde aquellas márgenes hasta la profundidad de sus corrientes, todos aquellos parajes, y la superficie del valle, estaban alfombrados por un suave y parejo césped verde, perfumado de vainilla, pero salpicado íntegramente por amarillos ranúnculos, blancas margaritas, violetas purpúreas y asfodelos color rubí. Su extraordinaria belleza hablaba a nuestros corazones del amor y la gracia de Dios.

Y aquí y allá, en arboledas pequeñas que crecían sobre aquel césped, como mezcla de ensueños se alzaban árboles fantásticos, cuyos troncos altos y esbeltos no se mostraban erguidos, sino que se inclinaban graciosamente hacia la luz que asomaba por el mediodía en el centro del valle. Su corteza estaba jaspeada por el vívido y alternado esplendor del ébano y la plata, y era más suave que todo lo existente, excepto las mejillas de Eleonora. A no ser por el verdor de las enormes hojas que se extendían desde sus copas en largas y trémulas hileras, retozando con los céfiros, se hubiera podido imaginar que eran gigantescas serpientes que rendían homenaje a su soberano, el Sol.

Cogidos de la mano por aquel bosque, durante quince años vagamos Eleonora y yo, antes de que el amor penetrase en nuestros corazones. Fue una tarde, al final del tercer lustro de su vida y del cuarto de la mía, cuando nos sentamos enlazados bajo aquellos árboles, mirando las aguas del Río del Silencio para contemplar el reflejo de nuestras imágenes. No nos dijimos nada durante el resto del atardecer, y nuestras palabras, incluso al día siguiente, fueron escasas y temblorosas. Habíamos atraído al dios Eros desde aquellas ondas, y sentíamos que se encendían dentro de nosotros las ardientes almas de nuestros antepasados.

Las pasiones que durante siglos distinguieron a nuestra estirpe, llegaban en tropel, con todas las fantasías que las habían hecho notables, y unidas formaron un delicioso viento sobre el Valle del Césped Multicolor. Todas las cosas cambiaron: flores extrañas y brillantes, semejantes a estrellas, brotaron en árboles que hasta entonces jamás habían florecido. Los matices de la verde alfombra se hicieron mucho más intensos, y, cuando una a una las blancas margaritas se fueron marchitando, crecieron en su lugar, de diez en diez, los asfodelos color rubí.

La vida se alzó en nuestros senderos: altos flamencos desconocidos, en compañía de otros pájaros fulgurantes, desplegaban ante nosotros su plumaje escarlata. Los peces de plata y oro llenaron el río, y de su seno brotó poco a poco un murmullo que fue ampliándose en arrulladora melodía, más dulce que el arpa de Eolo, y más divina que todas las cosas, excepto la voz de Eleonora. Y entonces, también, una nube que habíamos contemplado en las regiones del Véspero, salió de allí flotando, resplandeciendo en carmesí y oro, y colocándose suavemente sobre nosotros, principió a descender día a día, más cerca y más cerca, hasta que sus bordes tocaron la cima de las montañas, transformando toda su oscuridad en magnificencia, encerrándonos dentro de una prisión de grandeza y gloria.

El hechizo de Eleonora estaba por sobre toda comparación, pero ella era una doncella sin artificios, tan inocente como su breve vida llevada entre las flores. Nada disfrazaba el fervor del amor que la colmaba, y examinaba conmigo sus más íntimos sentimientos, mientras paseábamos por el Valle del Césped Multicolor, conversando sobre las transformaciones que habían ocurrido.

Finalmente, un día, sin poder contener las lágrimas, me habló del último y triste cambio que le sobrevendría a la humanidad: desde entonces, sólo pensó en ese doloroso tema, mezclándolo en cada uno de nuestros diálogos, igual como aparecen en los cantos del bardo de Schiraz, las mismas imágenes repetidas en cada variación de la frase.

Eleonora veía el dedo de la muerte posado sobre su corazón, y sabía que su belleza perfecta había sido creada sólo para morir. Sin embargo, los terrores de la tumba, para ella, residían únicamente en una consideración que me reveló una tarde, al anochecer, junto a las riberas del Río del Silencio.

Se afligía al pensar que, después de enterrarla, yo abandonaría para siempre aquellos felices lugares, concediendo el amor, que ahora le pertenecía tan apasionadamente, a otra joven, de un mundo lejano y vulgar. Al escucharla, me arrojé a los pies de Eleonora, jurando por ella y por el cielo que jamás me uniría en matrimonio con ninguna hija de la tierra, ni me mostraría desleal con su adorada memoria. Y apelé al Todopoderoso, ordenador del Universo, como testigo de la solemnidad de mi juramento. Y la maldición que invoqué de Él, y también de ella, si yo traicionaba esa promesa, implicaba un castigo cuyos horrores no es posible describir.

Los brillantes ojos de Eleonora resplandecieron más cuando oyó mis palabras, como si hubiesen retirado de su pecho un peso enorme, y aceptó ese juramento, lo que hizo más leve su lecho de muerte. No muchos días más tarde, mientras moría pacíficamente, me dijo que, por lo que yo había hecho para consolar su espíritu, velaría por mí después de su partida, y que, si le fuese permitido, volvería en forma visible durante las noches; pero que si esto quedaba fuera del alcance de las almas en el Paraíso, por lo menos me daría señales frecuentes de su presencia: suspirando sobre mí con la brisa de la tarde, o llenado el aire que yo respirara con el perfume de los incensarios de los ángeles. Con estas palabras en sus labios, entregó su vida inocente, poniendo término a la primera etapa de la mía.

Hasta ahora he hablado fielmente. Sin embargo, cuando paso la barrera creada por la muerte de Eleonora en el sendero del tiempo, y comienzo la segunda época de mi existencia, siento que una sombra pesa sobre mi cerebro, y pongo en duda la lucidez perfecta del recuerdo. No obstante, permítanme continuar...

Los años fueron transcurriendo pesadamente, y yo seguí viviendo en el Valle del Césped Multicolor. Pero se había producido una segunda transformación. Las flores parecidas a estrellas envejecieron en los troncos de los árboles y no crecieron más. Y uno por uno, los asfodelos color rubí también se marchitaron. En su lugar, brotaron, de diez en diez, oscuras violetas parecidas a ojos que se retorcían angustiosamente, y se hallaban siempre cargadas de rocío. Y la vida se fue de nuestros caminos.

El alto flamenco ya no desplegó su plumaje escarlata, y emprendió el vuelo tristemente, desde el valle a la montaña, en compañía de los demás pájaros maravillosos. Los peces de oro y plata partieron por la estrecha garganta, hacia el extremo más bajo de nuestra heredad, y nunca más embellecieron el río con su presencia. Y la arrulladora melodía, que había sido más dulce que el arpa de Eolo y más divina que todas las cosas, excepto la voz de Eleonora, se fue extinguiendo poco a poco, en murmullos que cada vez se hicieron más débiles, hasta que la corriente volvió a adoptar la solemnidad de su profundo silencio. Finalmente, la nube se alzó, abandonando la cima de las montañas hacia su antigua umbría, y llevándose consigo todas las suntuosas y áureas magnificencias, muy lejos del Valle del Césped Multicolor.

Aún así, Eleonora no olvidó sus promesas. Yo pude respirar el perfume de los incensarios de los ángeles; siempre flotaba sobre el Valle una oleada de ese perfume santo. Y en las horas de soledad, cuando mi corazón latía angustiosamente, los vientos, envueltos en suaves suspiros, llegaba a acariciar mi frente. Vagos murmullos henchían siempre el aire de la noche, y una vez, ¡sólo una vez! desperté de un sopor que se asemejaba al adormecimiento de la muerte, al sentir la presión de unos labios sobre los míos.

*

Me encontré en una cuidad desconocida, donde todo podría servir para borrar los dulces sueños que había vivido en el Valle del Césped Multicolor. La pompa y el fausto de una corte soberbia, el estrépito de las armas, "el hechizo de la mujer", aturdieron mi cerebro. Pero como hasta entonces mi alma se había mostrado fiel a sus juramentos, las señales de la presencia de Eleonora seguían brotando en las mudas horas de la noche.

Súbitamente cesaron todas esas manifestaciones, y el mundo se oscureció ante mis ojos. Quedé abrumado ante los pensamientos que me aplastaban y las espantosas tentaciones que me acosaron. Desde un país lejano y desconocido, había llegado a la corte del rey a quien yo servía una doncella cuya belleza rindió mi corazón desde el primer momento en que la vi, y ante quien me prosterné sin resistencia, doblegado por la adoración más servil y ardiente. ¿Qué era en realidad mi pasión por la niña del valle, comparada con el delirio y el éxtasis que ahora exaltaba mi espíritu, que vertía lágrimas a los pies de la divina Ermengarde? ¡Oh, qué maravillosa era Ermengarde! En aquel pensamiento no quedaba espacio para otra mujer. Cuando yo miraba lo más profundo de su ojos, sólo pensaba en ellos, y en "ella".

Me casé, sin temor al castigo que había invocado, y éste no llegó. Una vez, sólo una vez, en el silencio de la noche, penetraron por mi celosía los hondos suspiros que me tenían desamparado, y que modularon en familiar y dulce voz:

—Duerme en paz. El espíritu del Amor reina y gobierna, y al entregar tu corazón a una mujer como Ermengarde, quedas absuelto, por razones que se te darán a conocer en el Cielo, de tus juramentos a Eleonora.

sábado, 24 de abril de 2010

EL MAL - UNA SINGULAR VISION SOBRE SU VERDADERA NATURALEZA


Los vulgares delincuentes son algo así como bestias brutas que necesitan contención, pero el mal tiene una naturaleza mucho más profunda que solo algunas personas pueden percibirlo, pero sobre todo los niños. Un acercamiento a estos conceptos nos ayudará a entender por qué en el Islam y en el Catolicismo Teórico existe una especie de "asco" y condena grave contra las prácticas de brujeria y magia. Así, un ser de esta naturaleza puede incluso ser "generoso" en otorgar dádivas e incluso llevar una vida social ejemplar a lo largo de toda su vida, pero en el fondo tiene ese halo o esa pasión del alma inferior que busca ingresar a otras esferas "prohibidas", es decir busca reproducir la caída.

EL MAL - UNA SINGULAR VISION SOBRE SU VERDADERA NATURALEZA
Arthur Machen - 'The White People'

Prólogo

Ambrosio dijo : Brujería y santidad, he aquí las únicas realidades, Y prosiguó: la magia tiene su justificación en sus criaturas; comen mendrugos de pan y beben agua con una alegría mucho mas intensa que la del epicúreo.

¿Os referís a los santos?
Si, y también a los pecadores, creo que vos caéis en el error frecuente de los que limitan el mundo espiritual a las regiones del bien supremo. Los seres extremadamente perversos forman parte también del mundo espiritual. El hombre vulgar, carnal y sensual no será jamás un gran santo. Ni un gran pecador. En nuestra mayoría somos simplemente criaturas de barro cotidiano, sin comprender el significado profundo de las cosas, y por esto el bien y el mal son en nosotros idénticos: de ocasión sin importancia.

¿Pensaís, pues que el gran pecador es un asceta lo mismo que el gran santo?
Los grandes, tanto en el bien como en el mal, son los que abandonan las copias imperfectas y se dirigen a los originales perfectos. para mi no existe la menor duda, los mas excelsos entre los santos jamás hicieron 'una buena acción', en el sentido común de la palabra. Por el contario existen hombres que han descendido hasta el fondo de los abismos del mal, y que en toda su vida, no han cometido lo que vosotros llamaís una 'mala acción'.

Se ausentó un momento de la estancia, Cotgrave se volvió a su amigo y le dió las gracias por haberle presentado a Ambrosio. Es formidable, dijo. Jamás habia visto a un chalado de esta clase
Ambrosio volvió con una nueva provisión de whisky y sirvió a los dos hombres con largueza. Criticó con ferocidad la secta de los abstemios, pero se sirvió un vaso de agua. Iba a reanudar su monólogo cuando Cotgrave le atajó.

Vuestras paradojas son monstruosas.
¿Puede un hombre ser un gran pecador sin haber hecho nunca nada culpable? ¡Vamos hombre!
Os equivocais completamente, dijo Ambrosio, pues soy incapaz de paradojas: ¡ojala pudiera hacerlas! He dicho simplemente que un hombre puede ser un gran conocedor de vinos de Borgoña sin haber entrado jamás en una taberna. Esto es todo, y ¿no os parece mas una perogrullada que una paradoja?.

Vuestra reacción revela que no tenéis la menor idea de lo que puede ser el pecado.
¡Oh! naturalmente existe una relación entre el Pecado con mayúscula y los actos considerados como culpables: asesinato, robo, adulterio, etc. Exactamente la misma relación que existe entre el alfabeto y la poesía genial.

Vuestro error es casi universal: os habéis acostumbrado como todo el mundo a mirar las cosas a través de unas gafas sociales. Todos pensamos que el hombre que nos hace daño a nosotros o a nuestros vecinos es un hombre malo. Y lo es desde el punto de vista social. ¿Pero no podéis comprender que el Mal, en su esencia, es una cosa solitaria, una pasión del alma? El asesino corriente, como tal asesino, no es en modo alguno un pecador en el verdadero sentido de la palabra. Es sencillamente una bestia peligrosa, de la que debemos librarnos para salvar nuestra piel. Yo lo clasificaría mejor entre las fieras que entre los pecadores.

Todo esto me parece un poco extraño
Pues no lo es, el asesino no mata por razones positivas, sino negativas, le falta algo que poseen los no-asesinos. El Mal por el contario es totalmente positivo. Pero positivo en el sentido malo. Y es muy raro. Sin duda hay menos pecadores verdaderos que santos. En cuanto a los que llamáis criminales, son seres molestos, desde luego, y de los que la sociedad hace bien en guardarse; pero entre sus actos antisociales y el Mal existe un absimo. ¡Creedme!.

Se hacia tarde. El amigo que habia llevado a Cotgrave a casa de Ambrosio habia oido sin duda esto otras veces. Escuchaba con sonrisa cansada y un poco burlona, pero Cotgrave empezaba a pensar que su 'alienado' era tal vez un sabio.

¿Sabéis que me interesáis enormemente? , dijo.
¿Opináis pues que no comprendemos la verdadera naturaleza del Mal?
Lo sobreestimamos. O bien lo menospreciamos. Por una parte, llamamos pecado a las infracciones de los reglamentos de la sociedad de los tabúes sociales. Es una exageración absurda. Por otra parte atribuimos una importancia tan enorme al 'pecado' que consiste en meter mano a nuestros bienes o a nuestras mujeres que hemos perdido absolutamente de vista lo que hay de horrible en los verdaderos pecados.

Entonces ¿qué es el pecado?, dijo Cotgrave
Me veo obligado a responder a su pregunta con otras preguntas. ¿Que experimentaría si su gato o su perro empezaran a hablarle con voz humana? ¿Y si las rosas de su jardín se pusieran a cantar? ¿Y si las piedras del camino aumentaran de volumen ante sus ojos? Pues bien, estos ejemplos pueden darle una vaga idea de lo que realmente es el pecado.

Escuchen, dijo el tercer hombre, que hasta entonces habia permanecido muy tranquilo, me parece que los dos estan locos de remate. Me marcho a mi casa. He perdido el tranvía y tendré que ir a pie, Ambrosio y Cotgrave se arrellenaron aun mas en sus sillones después de su partida. La luz de los faroles palidecía en la bruma de la madrugada, que helaba los cristales.

Me asombra usted, dijo Cotgrave. Jamás había pensado en todo esto. Si realmente es asi hay que volverlo todo al revés. Entonces según usted la esencia del pecado sería...

Querer tomar el cielo por asalto, respondió Ambrosio. El pecado consiste en mi opinión, en la voluntad de penetrar de manera prohibida en otra esfera mas alta. Esto explica que sea tan raro. En realidad pocos hombres desean penetrar en otras esferas, sean altas o bajas, y de manera autorizada o prohibida. Hay pocos santos. Y los pecadores, tal como yo los entiendo, son todavia mas raros. Y los hombres de genio (que a veces participan de aquellos dos) también escasean mucho... Pero puede ser mas difícil convertirse en un gran pecador que en un gran santo.

¿Porque el pecado es esencialmente naturaleza?
Exacto. La santidad exige igualmente un esfuerzo igualmente grande, o poco menos, pero es un esfuerzo que se realiza por caminos que eran antaño naturales. Se trata de volver a encontrar el éxtasis que conoció el hombre antes de la caída. En cambio el pecado es una tentativa de obtener un éxtasis y un saber que no existen y que jamás han sido dados al hombre y el que lo intenta se convierte en demonio.

Ya le he dicho que el simple asesino no es necesariamente un pecador. Esto es cierto, pero el pecador es a veces asesino. Pienso en Gilles de Rais, por ejemplo. Considere que, si el bien y el mal están igualmente fuera del alcance del hombre contemporáneo, del hombre corriente, social y civilizado, el mal lo esta en un sentido mucho mas profundo.
El santo se esfuerza en recobrar un don que ha perdido; el pecador persigue algo que no ha poseído jamás. En resumidas cuentas reproduce la Caída.

¿Es usted católico?, preguntó Cotgrave.
Sí, soy miembro de la Iglesia anglicana perseguida.
Entonces ¿que me dice de esos textos en que se denomina pecado lo que usted califica de falta sin importancia?

Advierta, por favor, que en estos textos de mi religión aparece reiteradamente el nombre de 'mago' que me parece la palabra clave. Las faltas menores que se denominan pecados, solo se llaman así en la medida que el mago perseguido por mi religión esta detras del autor de esos pequeños delitos. Pues los magos se sirven de las flaquezas humanas resultantes de la vida material y social como instrumentos para alcanzar su fin infinitamente excecrable. Y permita que le diga esto: nuestro sentidos superiores estan tan embotados, estamos hasta tal punto saturados de materialismo, que seguramente no reconoceríamos el verdadero mal si nos tropezáramos con el.

Pero ¿es que no sentiríamos a despecho de todo un cierto horror, este horror, de que me hablaba hace un momento al invitarme a imaginar unas rosas que rompiesen a cantar?
Si fuesemos seres naturales, sí. Los niños, algunas mujeres y los animales sienten ese horror. Pero en la mayoría de nosotros, los convencionalismos, la civilización y la educación han embotado y oscurecido la naturaleza. A veces podemos reconocer el mal por el odio que manifiesta al bien, y nada mas, pero esto es puramente fortuito. En realidad, los Jerarcas del Infierno pasan inadvertidos a nuestro lado.

¿Piensa que ellos mismos ignoran el mal que encarnan?
Asi lo creo. El verdadero mal en el hombre es como la santidad y el genio. Es un éxtasis del alma, algo que rebasa los límites naturales del espíritu, que escapa a la conciencia. Un hombre puede ser infinitamente y horriblemente malo, sin sospecharlo siquiera. Pero repito: el mal, en el sentido verdadero de la palabra, es muy raro. Creo que incluso cada vez lo es mas.

Procuro seguirle, dijo Cotgrave. ¿Cree usted que el Mal verdadero tiene una esencia completamente distinta de lo que solemos llamar el mal?
Absolutamente. Un pobre tipo exitado por el alcohol vuelve a su casa y mata a patadas a su mujer y a sus hijos. Es un asesino. Gilles de Rais es también un asesino. Pero ¿advierte usted el abismo que los separa? La palabra es accidentalmente la misma en ambos casos, pero el sentido es totalmente distinto.

Gilles de Laval, Baron de Rais (1404-1440) - (Barba Azul). Acaudalado noble y militar, defensor de Francia junto a Juana de Arco y ferviente admirador de ésta cuya trágica muerte en la hoguera perturbará su personalidad definitivamente iniciando una increíble carrera de crímenes y sacrilegios que lo conducirán a las mas crueles prácticas de sadismo bajo la influencia del mal del cual parecerá librarse solamente poco antes de ser ejecutado en la hoguera.

Cierto que el mismo débil parecido existe entre todos los pecados sociales y los verdaderos pecados espirituales, pero son como la sombra y la realidad. Si usted es un poco teólogo tiene que comprenderme.

Le confieso que no he dedicado mucho tiempo a la teología, observó Cotgrave.
Lo lamento; pero volviendo a nuestro tema ¿cree usted que el pecado es una cosa oculta, secreta?
Si. Es el milagro infernal, como la santidad es el milagro sobrenatural. El verdadero se eleva a un grado tal que no podemos sospechar en absoluto su existencia. Es como la nota mas baja del organo, tan profunda que nadie la oye. A veces hay fallo, recaídas, que conducen al asilo de locos o a desenlaces todavía mas horribles.

Pero en ningún caso debe confundirlo con la mala acción social. Acuérdese del Apóstol: hablaba del otro lado y hacia una distinción entre las acciones caritativas y la caridad. De la misma manera que uno puede darlo todo a los pobres y, a pesar de ello, carecer de caridad, puede evitar todos los pecados y, sin embargo ser una criatura del mal.

¡He aqui una psicología singular!, dijo Cotgrave. Pero confieso que me gusta. Supongo que segun usted, el verdadero pecador podía pasar muy bien por un personaje inofensivo, ¿no es así?.

Ciertamente. El verdadero mal no tiene nada que ver con la sociedad. Y tampoco el Bien, desde luego. ¿Cree usted que se sentiría a gusto en compañia de san Pablo?
¿Cree usted que se entenderia bien con sir Galahad?. Lo mismo puede decirse de los pecadores. Si usted encontrase a un verdadero pecador y reconociese el pecado que hay en el sin duda se sentiría horrorizado. Pero tal vez no existiría ninguna razón para que aquel hombre le disgustara. Por el contrario es muy posible que si lograba olvidar su pecado, encontrase agradable su trato.

¡Y sin embargo! ¡No! ¡Nadie puede adivinar cuan terrible es el verdadero mal..!
¡Si las rosas y los lirios del jardín se pusieran a cantar esta madrugada, si los muebles de esta casa empezaran a desfilar en procesión como en el cuento de Maupassant...!

Celebro que vuelva a esta comparación, dijo Cotgarve, pues quería preguntarle a que corresponden, en la humanidad estas proezas imaginarias de las cosas que usted cita.
Repito: ¿que es pues el pecado? Quisiera que me diese un ejemplo concreto.

Por primera vez Ambrosio vaciló:
Ya le he dicho que el verdadero mal es muy raro. El materialismo de nuestra época que tanto ha hecho para suprimir la santidad, tal vez ha hecho mas aun para suprimir el mal. Encontramos la tierra tan cómoda, que no sentimos deseos de subir ni de bajar. Todo ocurre como si un especialista del Infierno realizase trabajos puramente arqueológicos.

Sin embargo tengo entendido que sus investigaciones se han extendido hasta la época actual.
Veo que usted está realmente interesado. Pues bien, le confieso que he reunido, en efecto, algunos documentos...


(Prólogo de "The White People (1899) incluido en la siguiente fuente bibliográfica).
Libro: The house of souls, Knopf, New York (1906, 1922 ed.)
Acerca de Arthur Machen - (1863-1947)
Escritor y periodista gales, prolífico autor de literatura fantástica. Iniciado tambien en el ocultismo en la logia secreta Golden Dawn. 'La influencia de Machen en la carrera de otros escritores es importante, entre ellos H.P. Lovecraft, con su relato El Horror de Dunwich, la novela Ceremonia de T.E.D. Klein, o la Historia de Fantasmas de Peter Straub'. Autor entre otras obras de Los tres impostores (1895) y El terror (1917).